El café es una de las bebidas más consumidas del mundo y también una de las más antiguas. Su origen se sitúa habitualmente en las tierras altas de Etiopía, donde, según la tradición, los pastores observaron que las cabras se volvían especialmente activas tras comer los frutos del cafeto. Aquellas pequeñas cerezas rojas terminaron convirtiéndose en una bebida que acompañaría durante siglos a distintas culturas.
Los primeros usos del café no incluían el azúcar. En el mundo árabe, donde comenzó a difundirse como bebida en torno al siglo XV, el café se preparaba tostando los granos y elaborando una infusión intensa que se consumía principalmente por sus efectos estimulantes. Era una bebida social y también espiritual: ayudaba a mantenerse despierto durante largas conversaciones, reuniones o prácticas religiosas.
Cuando el café llegó a Europa en el siglo XVII, se encontró con un contexto distinto. El azúcar procedente de las colonias se había convertido en un ingrediente prestigioso. En ese momento comenzó a popularizarse la costumbre de endulzar el café. El gesto tenía cierta lógica cultural: el café era una bebida intensa, amarga y nueva para muchos paladares europeos, y el azúcar permitía suavizar esa experiencia.
Con el tiempo, sin embargo, esa costumbre fue transformando la forma en que percibimos el café. El azúcar no solo aporta dulzor; también modifica la percepción del amargor, reduce la complejidad aromática y uniformiza el sabor. En otras palabras, endulzar el café puede terminar ocultando parte de lo que lo hace interesante.
Por eso, en muchas culturas cafeteras con larga tradición —desde Italia hasta Etiopía o algunos países de América Latina— el café se prefiere tomar sin azúcar. Es la forma de descubrir sus matices: notas de cacao, frutos secos, caramelo o frutas que aparecen de forma natural según el origen del grano y el tipo de tostado.
El gusto por el café sin azúcar suele ser un aprendizaje. Nuestro paladar está muy acostumbrado a estímulos dulces intensos, y el azúcar actúa como una especie de “filtro” que simplifica los sabores. Cuando desaparece, el café revela una gama mucho más rica de aromas y sensaciones.
Porque, al final, la pregunta no es solo si el café debe tomarse con o sin azúcar. La verdadera cuestión es cómo queremos experimentar su sabor: si preferimos cubrirlo con dulzor añadido o descubrir todo lo que el café puede ofrecer por sí mismo.