La inflamación es una respuesta biológica del organismo frente a una agresión. Puede aparecer, por ejemplo, después de una lesión, un traumatismo o como reacción frente a una infección. En esos casos suele ser intensa, localizada y temporal: el sistema inmunitario se activa, cumple su función y posteriormente la respuesta disminuye.
La inflamación crónica de bajo grado funciona de otra manera. Es mucho menos intensa, pero puede mantenerse durante años. No provoca necesariamente dolor, fiebre o una hinchazón evidente y, precisamente por eso, puede pasar desapercibida durante mucho tiempo. Se caracteriza por la presencia persistente de señales inflamatorias en el organismo y se considera un estado biológico capaz de favorecer progresivamente el deterioro de distintos tejidos.
Una inflamación silenciosa
Uno de sus rasgos más característicos es su carácter silencioso. De hecho, la inflamación crónica suele aparecer antes de que se desarrollen determinados trastornos metabólicos, cardiovasculares o digestivos. Los síntomas suelen ser poco específicos: cansancio persistente, sensación de falta de energía, niebla mental, molestias digestivas, distensión abdominal o dolores musculares y articulares.
La inflamación crónica se ha relacionado con resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, obesidad, síndrome metabólico, hipertensión y enfermedad cardiovascular, entre otras patologías. También se investiga su participación en procesos neurodegenerativos y oncológicos. En otras palabras, no suele producir una enfermedad de forma inmediata. pero puede contribuir a crear el terreno metabólico sobre el que determinadas enfermedades terminan desarrollándose.
Entre las causas de la inflamación crónica de bajo grado están el sedentarismo, el exceso de grasa corporal, determinados patrones alimentarios, el estrés persistente, un descanso insuficiente o algunas alteraciones de la microbiota pueden favorecerla. El envejecimiento también modifica progresivamente la regulación del sistema inmunitario. Entre todos estos factores, uno resulta especialmente importante: la acumulación de grasa visceral, es decir, la que se deposita alrededor de los órganos abdominales.
Ese tejido adiposo produce moléculas —entre ellas determinadas citocinas— capaces de favorecer y mantener una respuesta inflamatoria. Por eso el sobrepeso abdominal, la resistencia a la insulina y la inflamación crónica aparecen frecuentemente conectados. Aquí es donde la alimentación adquiere especial relevancia.
La influencia del azúcar y los edulcorantes
Un consumo excesivo y mantenido de azúcares puede facilitar un exceso energético y contribuir a la acumulación de grasa en el hígado y de grasa visceral. Esa grasa metabólicamente activa puede liberar sustancias proinflamatorias y favorecer que el organismo permanezca en ese estado de activación de bajo grado. Además, cuando aparece resistencia a la insulina, el metabolismo de la glucosa se altera y puede establecerse un círculo en el que inflamación y disfunción metabólica se refuerzan mutuamente.
Por tanto, un consumo excesivo y sostenido de azúcar puede contribuir a algunos de los procesos metabólicos que favorecen la inflamación crónica de bajo grado. En ocasiones, se recurre a distintos sustitutos para evitar la relación entre azúcar e inflamación, pero esta sustitución tampoco es recomendable. Algunos edulcorantes como la panela o determinados jarabes, siguen aportando azúcares libres; otros presentan posibles efectos sobre la microbiota y el metabolismo; y algunos han generado preocupación por asociaciones observadas con distintos riesgos cardiovasculares o metabólicos.
La fibra es la solución
Sí se ha observado que las dietas con mayor presencia de alimentos vegetales y fibra se asocian con un entorno metabólico menos favorable a la inflamación crónica. Frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales aportan diferentes tipos de fibra que influyen en el tránsito intestinal, la absorción de nutrientes y la microbiota.
Parte de esa fibra es fermentada por las bacterias intestinales y genera compuestos relacionados con el mantenimiento de la barrera intestinal y la regulación de la respuesta inmunitaria. Diversos ensayos y metaanálisis han observado además reducciones en algunos marcadores inflamatorios, como la proteína C reactiva, aunque los efectos no son idénticos para todos los tipos de fibra ni para todas las personas.
Este punto enlaza directamente con la manera de elaborar repostería en Bakery ZeroZero. Nuestros productos no incorporan azúcar ni edulcorantes añadidos. El sabor procede de ingredientes como plátano, manzana, dátiles, mango, zanahoria o arándanos, junto con frutos secos, avena e inulina, que es una fibra vegetal.
No tendría sentido presentar un pastel como un producto “antiinflamatorio”. Pero sí podemos formularlo evitando ingredientes cuyo exceso conviene limitar y utilizando otros que aportan fibra y forman parte de alimentos vegetales.