Cuando llega el verano, nuestro cuerpo cambia de prioridades. Buscamos alimentos ligeros, bebidas frías y productos que nos ayuden a combatir el calor. Es una respuesta completamente natural: el organismo intenta regular su temperatura y reducir la sensación de pesadez que suelen provocar las comidas abundantes.
Por eso los helados ocupan un lugar privilegiado en el consumo durante los meses de calor. Son refrescantes, sabrosos y generan una sensación inmediata de bienestar. El problema es que muchos de los helados que se ofrecen contienen cantidades importantes de azúcar añadido y suelen aportar una densidad energética considerable.
La composición de los helados convencionales
Un helado convencional puede concentrar entre 20 y 30 gramos de azúcar por cada 100 gramos de producto, además de incorporar grasas refinadas, aromas y otros ingredientes cuya función principal es mejorar la textura o intensificar el sabor. Esto no significa que un helado ocasional sea un problema. Forma parte de la vida disfrutar de determinados productos de vez en cuando. La cuestión aparece cuando ese consumo deja de ser excepcional.
Durante el verano, los helados pueden convertirse en una rutina diaria e incluso repetirse varias veces a lo largo de una misma jornada. Así, la suma de azúcares y calorías termina siendo mucho más relevante de lo que parece. Lo que inicialmente se percibe como un pequeño capricho refrescante acaba ocupando un espacio importante dentro de la alimentación estival y descompensando el conjunto de la dieta.
Existe además una paradoja que conviene conocer. Cuando hace calor buscamos ligereza, hidratación y sensación de bienestar, mientras que el exceso de azúcar favorece justamente lo contrario. Los alimentos energéticos como los helados convencionales generan una mayor sensación de pesadez porque exigen un esfuerzo digestivo más intenso. Además, los picos de glucosa seguidos de descensos posteriores pueden aumentar la sensación de cansancio y apatía precisamente en una época del año en la que buscamos ligereza y bienestar.
El helado en niños y niñas
En los más pequeños, esta situación adquiere una dimensión adicional. Durante las vacaciones desaparecen muchas de las rutinas habituales y el acceso a helados y productos refrescantes se vuelve más frecuente. A diferencia de los adultos, los niños disponen de menos herramientas para autorregular su consumo y suelen guiarse principalmente por el placer inmediato.
Por eso resulta habitual que un helado deje de ser un consumo ocasional para convertirse en una petición recurrente a lo largo del día. Cuando el producto contiene cantidades elevadas de azúcar, la repetición termina reforzando la preferencia por sabores cada vez más intensos y desplaza otras opciones que podrían formar parte de una alimentación más equilibrada.
Hay alternativa
Parece que no existiese alternativa. Si queremos algo frío y apetecible, tendremos que recurrir necesariamente a los helados. Sin embargo, la innovación alimentaria permite plantear soluciones diferentes. Con esa idea nacieron los ZeroBón de Bakery ZeroZero.
Los ZeroBón son sándwiches fríos elaborados siguiendo la filosofía habitual de Bakery ZeroZero: ingredientes naturales, sin azúcar añadido, sin edulcorantes y sin artificios innecesarios. Conservan aquello que buscamos en verano —frescura, textura agradable y dulzor— y evitan al mismo tiempo los excesos asociados a la mayoría de helados convencionales.
El formato de los ZeroBón resulta especialmente práctico y ofrecen una experiencia refrescante similar a la del helado pero desde una lógica nutricional completamente distinta, con reducción de azúcares y, en consecuencia, de calorías. No confundamos lo que demanda nuestro cuerpo en verano: no es azúcar sino frescor. No son helados; son los ZeroBón 🤩